
Durante años he acompañado a personas en procesos complejos de salud mental. Pero lo que me llevó a crear este proyecto fue algo más personal: pasé ocho meses con un dolor pélvico que nadie supo aliviar. Visité especialistas y tratamientos sin resultado.
Aquella experiencia me enfrentó no solo al dolor físico, sino también a la incomprensión, la frustración y el silencio que muchas personas con dolor crónico conocen demasiado bien.
A partir de ahí comencé a estudiar de forma intensiva el enfoque más actualizado de la neurociencia del dolor, integrándolo con mi práctica clínica y con lo vivido como paciente.
Hace un tiempo mi vida empezó a encogerse. Todo giraba alrededor del dolor. Trabajaba con dolor, llegaba a casa agotada, sin fuerzas para nada más. Llegó un momento que dejé de hacer deporte, de salir con mis amigas, de hacer planes.
A todos lados me acompañaba un flotador de Barbie por si tenía que pasar por la tortura: sentarme. Era lo único que me aliviaba un poco. Mi diagnóstico: neuralgia del pudendo.
Probé tratamientos,pasé por médicos, técnicas de fisioterapia, ejercicio. Nada funcionaba. Y lo peor: empecé a perder la esperanza. Creí que esto no iba a cambiar nunca. Cada día me preguntaba: ¿Qué me pasa? ¿Por qué nada funciona?
Lo que empezó a cambiar mi situación no fue encontrar una solución mágica. Fue empezar a relacionarme con mi dolor de una manera diferente.
Me di cuenta de algo que hasta entonces no había sabido ver: el miedo que le tenía al dolor, la preocupación constante, el tiempo que pasaba pensando en lo que me ocurría y la desconfianza que sentía hacia mi cuerpo estaban ocupando demasiado espacio en mi vida.
Vivía pendiente de cómo me encontraba. De si iba a empeorar. No podía quitar eso de mi mente.
Poco a poco entendí que lo importante no era solo el dolor, sino también la forma en la que yo estaba viviendo alrededor de el.
Y ahí fue donde algo empezó a encajar.
No porque me lo estuviera inventando. Ni porque “todo fuera psicológico”.
Sino porque por primera vez empecé a ver que había cosas importantes que sí podía trabajar: el miedo, la preocupación, la sensación de pérdida de control y la forma en la que el dolor había acabado ocupándolo todo.
Poco a poco, volví a confiar en mi cuerpo. Recuperé libertad. Y el dolor dejó de mandar.
Ahora acompaño a otras personas desde ahí.
Personas que quieren dejar de vivir tan atrapadas por el dolor y recuperar más calma, más control y más margen de maniobra.
Porque sé lo que es sentir que tu vida se encoge. Y también sé que se puede empezar a salir de ahí.
Si quieres saber quién hay detrás de este enfoque y cómo entiendo el dolor crónico en la consulta (no solo en teoría), puedes echar un vistazo a mi Instagram
© 2025 Júlia Prieto Moya ·
Psicóloga Clínica Especialista en Dolor crónico
Nªcolegiada: CV-13945